Muchos recurren al vino para olvidar. A mí, en cambio, la copa que me ofreció el otro día mi amiga Roser, mientras cenaba en Mala Hierba, el restaurante en el que trabaja con otro amigo, Fabio, me hizo recordar. Como hizo Proust con su magdalena, yo viajé a mi infancia. El color era inusual, pero su aroma y paladar me recordaron a aquellos campos arados que tanto me llamaban la atención cuando era un niño y pasaba los veranos en Castellterçol. Era un vino natural, sin sulfitos. Me fascinó. Y quise saber más.

Viñas

Pregunté quién estaba detrás de ese vino y concerté una visita para ese mismo fin de semana. Me sorprendí al ver que era el único visitante, pero eso me permitió también disfrutar de un paseo al lado de un enólogo que atesora una gran experiencia, traída de Francia, con una especial devoción por los cultivos biodinámicos, a los que yo también soy un modesto aficionado, una tremenda intuición y un enorme respeto por sus viñas y por la tierra.

Anforas vino ecologico

Fue extremadamente generoso conmigo. Me enseñó el proceso, la cava, todo, y decidí quedarme a comer en el restaurante que forma también parte de su proyecto, el Celler Escoda-Sanahuja. Esa copa de vino que me ofreció Roser terminó por llevarme a un mundo que desconocía, formado por vinos vivos, inesperados, para cuya elaboración se respeta todo su proceso, que fermentan en ánforas artesanales y que están al alcance de todo el mundo. De hecho, Estados Unidos, Dinamarca y Japón se quedan gran parte de la producción. Investigando, además, descubrí que los vinos de un amigo de mi anfitrión, los de El Pinell de Brai, están en la carta de El Celler de Can Roca. Fue una experiencia memorable. Y por eso he querido compartirla con todos vosotros.

Carles.